Vivimos rodeados de incertidumbre: aceptarlo puede resolver muchos problemas

El mundo es incierto. Desde las más pequeñas dimensiones de tamaño y energía a los agujeros negros y las galaxias.

El ser humano ha querido eliminar la incertidumbre, en vez de acogerla y adaptarse a ella. De aquí vienen los los populismos y otros sistemas dogmáticos. Hay personas que quieren creer cuando les dicen: “Vas a vivir mejor si haces lo que aquí te digo”.

Pero jamás ha sido así.

La única manera que hemos encontrado para vivir mejor ha sido seguir a la razón, nunca a la persuasión.

Pero la razón es difícil de aceptar. Exige reflexionar, meditar, pensar. Para muchos, lo mejor es lanzarse al precipicio sin pensar en la caída.

La ciencia de los siglos XVII al XX ofrecía un nuevo tipo de seguridad. Se puede hacer el siguiente experimento: se cuelga una bola de 100 kg de un cable de acero. Se pone la frente pegada a la bola, con esta desplazada un ángulo alpha de su punto de equilibrio. Se deja la bola libre desde un ángulo -alpha, y se queda uno quieto donde estaba. La bola vuelve con velocidad. Su gran masa puede destrozar la frente. Pero al llegar a ella, se ha detenido y no causa daño.

Estos comportamientos son muy escasos en la naturaleza. En ese mismo siglo XX se empezó a ver que a nivel atómico los movimientos son tan inciertos que es imposible predecirlos. Se elevó esto a principio: las relaciones inescapables de incertidumbre de Heisenberg.

A nivel macroscópico la naturaleza es en sí misma incierta: las nubes no tienen forma fija, los fluidos se mueven de forma turbulenta, tres péndulos acoplados no recorren nunca la misma trayectoria, tres astros de masas similares pero no iguales no recorren trayectorias definidas. Esta incertidumbre no puede eliminarse en buena ciencia.

Esta es una de las razones, entre muchas otras, para dudar de la ilusión del Big Bang: se habla de los primeros nanosegundos, microsegundos, segundos, del Universo. ¿Cuáles son las incertidumbres de esos fenómenos? No podemos aceptar que ocurriesen de forma determinista.

De nuevo, esta es otra de las razones para dudar de lo que nos cuentan de la economía (un fenómeno natural, pues los seres humanos somos parte de la naturaleza). Cuando leemos que el PIB de un país va a subir o bajar un 2 %“, ¿cuál es el error, la incertidumbre? Porque si la incertidumbre es de un 2 %, o mayor, la expresión anterior carece de significado. Y nadie puede calcular ni siquiera el PIB actual con un error nulo.

Ese ansia de certeza llevó al mismo Einstein a afirmar que lo que no se pudiese predecir con certidumbre, carecía de realidad física. Según esto, la posición y la velocidad de una bola dentro de un bombo de lotería carecen de realidad física. De hecho, según Einstein, el mundo carece de realidad física, pues no es predecible.

La realidad es incierta. Y no pasa nada, pues los organismos han vivido mil millones de años con esa incertidumbre aplicando, en todos los niveles de la vida, otro principio: el de precaución. Es incierto que alguna espora de un hongo fructifique. Los hongos emiten miles de millones de esporas, como las plantas miles de millones de granos de polen, con la esperanza de que al menos una o uno de ellos fructifique.

Las especies se extinguen, pero surgen otras.

Aparte el principio de precaución, en la física utilizamos la estadística. A nivel atómico todo es estadística y probabilidad, pues la función psi, que en mecánica cuántica caracteriza en exclusiva el mundo de protones, neutrones y electrones, no es otra cosa que una amplitud de probabilidad de encontrar las partículas con determinados valores de sus variables, tales como posición, velocidad, energía, spin.

Es una función que nos proporciona información sobre un mundo con importantes componentes aleatorios, y para ella tenemos ecuaciones razonablemente exactas, aunque las soluciones de esas ecuaciones solo se conocen para ciertos casos muy simplones.

A nivel macroscópico, y tras 400 años de física determinista, hemos caído en la ilusión del determinismo de nuestras máquinas y sistemas, de manera que cuando estos no funcionan, se producen frustraciones en la sociedad, que pueden conducir catástrofes tan tremendas como las dos guerras mundiales del siglo XX, y los problemas que estamos experimentado ahora.

En 1914, en vez de afirmar: “Si entramos en guerra, no sabemos lo que va a pasar”, en Inglaterra se aseguraba que la guerra sería un paseo y terminaría en menos de 6 meses. Duró 48.

En Alemania, las personas creyeron la afirmación de que los alemanes serían los dueños del mundo durante 1000 años. Fueron destrozados, y destrozaron a los demás, en cuatro años.

Si en vez de determinismo se acepta la idea de que no estamos seguros de nada, se pueden evitar esas tonterías que se convierten en horrores.

Hay algo un poco tonto, como ejemplo de esta discusión de grandes ideas. En las carreteras hoy se producen atascos todos los días. Los conductores creen que pueden frenar a tiempo y conducen demasiado cerca unos de otros. Conducir con doscientos metros de distancia entre vehículos, todos a la misma velocidad que cuando se conduce a tres metros, implica llegar en el mismo tiempo que con un intervalo entre vehículos de tres metros: la velocidad no tiene nada que ver con la separación.

Pero con distancias de doscientos metros, los accidentes se reducen a, al menos, un décimo, y los cambios de carril son inmediatos.

Un ligero cambio de la visión del mundo, de un mundo determinista a otro con importantes componentes aleatorios, puede resolver innumerables de los problemas a que nos enfrentamos hoy.

Antonio Ruiz de Elvira Serra, Catedrático de Física Aplicada, Universidad de Alcalá

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.